Ya me referí anteriormente, a doña Dolores MORENO DE ROBAINA, la mujer de don Felipe.-

Una madre, a la antigua usanza, como decía siempre mi padre.-

Había seguido a su esposo desde Florida, en el tránsito migratorio, que buscaba principalmente, paz y prosperidad. Hasta las llanuras extensas, llenas de horizontes y sonidos, que les deparaba la Costa del Sarandi Grande. Enclavada en una orilla fluvial, del enorme corazón del Rincón de Ramírez. Había criado a una familia numerosa. Había vivido las vicisitudes de la guerra civil y por sobre todas las cosas, cuando ya residía en Vergara, vio expirar en sus brazos a su hija Telma, como consecuencia de una pequeña cirugía, que le practicara el Dr. BLANCO, a efectos de drenarle un flemón.-

Había compromiso laríngeo a causa de la creciente infección y el médico, en momentos de practicar la incisión con el bisturí, se le fue la mano, cortando un vaso sanguíneo, con el consiguiente epílogo de una hemorragia fatal.-

El Dr. Andrés BLANCO, que era Médico Cirujano, fue el primero en acusar aquel golpe fatal. Pues, tomó asiento solitariamente en una de las sillas del comedor de la casa, arrimó otra contigua y sobre el espaldar de esta última dejó caer sus dos brazos, mientras en el interior de los mismos, escondía su rostro apesadumbrado. Los ROBAINA-MORENO, embargados de pena, hasta las lágrimas, supieron igual dispensar un gran respeto y una gran estima, por aquel médico, que en sus actos ético- profesionales, se había comportado como el caballero que era.-

Como todas las casas antiguas, el comercio de los ROBAINA, tenía bajo su planta física un enorme sótano, donde se entraba casi  que parado y se accedía al mismo, por una puerta-trampa ubicada en el piso de pinotea.-

Como la temperatura del sótano era agradable, gracias a la oscuridad que tenía y a un pequeño tragaluz que daba hacia el patio principal de la casa, allí, se acondicionaban encima de un zarzo de madera, quesos, fiambres y dulce de leche; mientras que sobre el piso de Pórtland, sin lustrar, se depositaban damajuanas de vino de 10 litros de “LOS CERROS DE SAN JUAN”.-

En tiempos de mi padre, cuando enero apretaba con sus días de calor, él, metía para allí un catre de lona, un alargue de luz eléctrica con portátil y disfrutaba tranquilamente, de las tales siestas.-

Una noche, de hace varios años atrás, después que los ROBAINA habían cerrado el comercio y se encontraban cenando, doña “Lola”, tomó una vela, la encendió y tras su lumbre temblorosa, fue a verificar, puerta por puerta, ventana por ventana, trancas y pasadores, en el interior del comercio.-

Pero he aquí, que la puerta trampa del sótano, involuntariamente había quedado abierta y la mano de la providencia, guió a doña “Lola”, que pasando a centímetros del lugar, ni cuenta se dio del hecho.-

Podía haber caído en aquel lugar oscuro, desde una altura aproximada a un metro setenta, golpearse cualquier hueso, incluso fracturarse o provocarse una conmoción cerebral, con consecuencias irreversibles.-

Pero al otro día, cuando las labores del comercio estaban por recomenzar su jornada, los ROBAINA, encontraron la puerta levantada y rápidamente intuyeron el peligro al cual había estado expuesta doña “Lola”, la noche anterior.-

Hicieron cerrar la puerta de firme y para aventar toda clase de peligros, ordenaron construir un nuevo acceso, por el interior del depósito contiguo al comercio.-

Años después, con mi hermana mayor, hacíamos alguna incursión que otra al sótano a efectos de comer algún trozo de salame con queso semiduro.-

Mi padre, también hacía sus incursiones al lugar, pero con el único fin, de tomar alguna que otra cañita blanca, cuya botella escondida en un rincón, escapaba de la vista de mi madre, por la oscuridad del lugar y su incómodo acceso al mismo.-

Nosotros, ni chistábamos del secreto de mi padre…